Palparse el bolsillo y no notar algo más allá de un par de monedas, de
esas que consideramos “importantes”, sueltas y otro tanto de las que conforman
ese agujero oscuro llamado calderilla es, sin duda, toda una experiencia
sensorial. Pero no hay nada que se resista a las apetencias del paladar, y a un
estómago caprichoso, ni si quiera una cartera más vacía que un aula
universitaria un día de huelga. Por lo que, con o sin dinero, algunos no
podemos evitar darnos un capricho y comer alejados de nuestro microondas.
Para ese sector de la sociedad que no se rinde ante la carencia total
de “cash”, que dicen los americanos,
los fast food más conocidos de la
ciudad, y por qué no, del mundo entero, han creado esa pequeña delicatesen
denominada “Menú ahorro”. Dos palabras que aparentemente lo prometen todo, un
reclamo publicitario en la cristalera de cualquiera de estos locales que dice a
quién lo mira “cuesto lo suficientemente poco como para que después de
semejante atracón psicológico (porque la mitad de tu estómago que queda vacía
debes llenarla con mucha imaginación), puedas regresar a tu casa y sentirte
aliviado porque aún te quedan 40 céntimos en el bolsillo”. En efecto, es el
menú ideal para quien tenga cargo de conciencia y necesite, pese a lo poco que
tiene, ver que le sigue sobrando dinero suficiente como para no sentirse un
derrochador.
La “experiencia ahorro” como muchas de las experiencias de la vida
misma, promete más en el tráiler de lo que luego uno encuentra en la película.
Olvídense de maîtres que les tomen
nota elegantemente, de servilletas de tela o de cualquier atisbo de exquisitez
en general. Igual que para presumir hay que sufrir, para ahorrar hay que
prescindir de toda alta expectativa. Y, en lugar de decidir si el vino lo vas a
tomar tinto, blanco o rosado, la gran decisión reside en escoger entre los
sucedáneos que tienen de carne o pollo. El que no arriesga, no gana. En la nouvelle cuisine uno de los secretos radica en su
presentación, enormes platos minimalistas con un contenido bastante escueto,
pero tan bien presentado que te sientes afortunado pese a que la relación
precio-tamaño de comida resulte casi ridícula. En Burguer King lo tienen claro,
ellos no van a ser menos.
Una enorme bandeja de plástico que promete abarcar mucho más de lo que
en realidad abarca, termina por rellenarse con una bolsa de patatas tamaño
calcetín, una hamburguesa que, como los amigos de verdad, cabe en la palma de
una mano y por último pero no por ello menos importante, la bebida, mitad agua
mitad gas. Cómo hacer para comerse semejante cantidad de alimentos en más de 10
minutos es todo un misterio que sólo unos pocos valientes pueden saborear. Cada
bocado, literalmente, podría ser el último. De modo que, al más puro estilo
Carpe Diem, los disfrutas todos ralentizando cada mordisco para ver si así,
engañas a tu estómago. Un festín en toda regla que nada tiene que envidiar al
que la Bella un día celebraba entre
danzas de servilletas. Eso sí, antes de volver te lo pensarás dos veces. Al
menos, hasta que de nuevo palpes tu bolsillo.
