viernes, 15 de noviembre de 2013

QUÉ FESTÍN


Palparse el bolsillo y no notar algo más allá de un par de monedas, de esas que consideramos “importantes”, sueltas y otro tanto de las que conforman ese agujero oscuro llamado calderilla es, sin duda, toda una experiencia sensorial. Pero no hay nada que se resista a las apetencias del paladar, y a un estómago caprichoso, ni si quiera una cartera más vacía que un aula universitaria un día de huelga. Por lo que, con o sin dinero, algunos no podemos evitar darnos un capricho y comer alejados de nuestro microondas.

Para ese sector de la sociedad que no se rinde ante la carencia total de “cash”, que dicen los americanos, los fast food más conocidos de la ciudad, y por qué no, del mundo entero, han creado esa pequeña delicatesen denominada “Menú ahorro”. Dos palabras que aparentemente lo prometen todo, un reclamo publicitario en la cristalera de cualquiera de estos locales que dice a quién lo mira “cuesto lo suficientemente poco como para que después de semejante atracón psicológico (porque la mitad de tu estómago que queda vacía debes llenarla con mucha imaginación), puedas regresar a tu casa y sentirte aliviado porque aún te quedan 40 céntimos en el bolsillo”. En efecto, es el menú ideal para quien tenga cargo de conciencia y necesite, pese a lo poco que tiene, ver que le sigue sobrando dinero suficiente como para no sentirse un derrochador.

La “experiencia ahorro” como muchas de las experiencias de la vida misma, promete más en el tráiler de lo que luego uno encuentra en la película. Olvídense de maîtres que les tomen nota elegantemente, de servilletas de tela o de cualquier atisbo de exquisitez en general. Igual que para presumir hay que sufrir, para ahorrar hay que prescindir de toda alta expectativa. Y, en lugar de decidir si el vino lo vas a tomar tinto, blanco o rosado, la gran decisión reside en escoger entre los sucedáneos que tienen de carne o pollo. El que no arriesga, no gana. En la nouvelle cuisine  uno de los secretos radica en su presentación, enormes platos minimalistas con un contenido bastante escueto, pero tan bien presentado que te sientes afortunado pese a que la relación precio-tamaño de comida resulte casi ridícula. En Burguer King lo tienen claro, ellos no van a ser menos.

Una enorme bandeja de plástico que promete abarcar mucho más de lo que en realidad abarca, termina por rellenarse con una bolsa de patatas tamaño calcetín, una hamburguesa que, como los amigos de verdad, cabe en la palma de una mano y por último pero no por ello menos importante, la bebida, mitad agua mitad gas. Cómo hacer para comerse semejante cantidad de alimentos en más de 10 minutos es todo un misterio que sólo unos pocos valientes pueden saborear. Cada bocado, literalmente, podría ser el último. De modo que, al más puro estilo Carpe Diem, los disfrutas todos ralentizando cada mordisco para ver si así, engañas a tu estómago. Un festín en toda regla que nada tiene que envidiar al que la Bella un día celebraba entre danzas de servilletas. Eso sí, antes de volver te lo pensarás dos veces. Al menos, hasta que de nuevo palpes tu bolsillo. 



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